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Que la alimentación y la salud están íntimamente ligados ya no es una novedad. Multitud de estudios clínicos han llegado a la ya indudable conclusión de que para gozar de una mejor salud hay que alimentarse de manera equilibrada y de la forma más natural posible, evitando, siempre que se pueda, los alimentos ultra procesados, que colonizan todas y cada una de las estanterías del supermercado.

No se trata de contar calorías, se trata más bien de mirar etiquetas y ser conscientes de los ingredientes contenidos en muchos de los alimentos que ingerimos de forma habitual y que a través de vastas campañas de marketing aparecen ante nuestros ojos como la panacea de la salubridad y la buena alimentación.

Nada más lejos de la realidad. Si realizamos este pequeño ejercicio de leer etiquetas nos daremos cuenta de que la mayoría de esos productos, que tenemos incorporados a nuestra rutina alimenticia, son preparaciones industriales comestibles elaboradas a partir de sustancias derivadas de otros alimentos. Realmente no tienen ningún alimento completo, sino largas listas de ingredientes. Además, estos ingredientes suelen llevar un procesamiento previo como la hidrogenación o fritura de los aceites, la hidrólisis de las proteínas o la refinación y extrusión de harinas o cereales. En su etiquetado es frecuente leer materias primas refinadas (harina, azúcar, aceites vegetales, sal, proteína, etc.) y aditivos (conservantes, colorantes, edulcorantes, potenciadores del sabor, emulsionantes…). En definitiva, son una bomba que, consumidos de forma habitual, no solo atentan contra nuestra línea de flotación, en forma de michelines, sino también contra nuestra salud. Además, la merma sobre nuestra salud no es inmediata, es un proceso lento y silencioso del que no seremos conscientes hasta mucho tiempo después.

En recientes estudios se ha descubierto que otro de los grandes perjudicados por una alimentación deficiente es la microbiota intestinal, que tiene un papel fundamental en el funcionamiento de nuestro sistema inmune y en correcto procesamiento de los alimentos, la adecuada distribución de los probióticos y prebióticos, y la idónea disolución de las grasas.  

la periodista Cristina Sáez. Nos detalla lo siguiente en su libro “La ciencia de la microbiota” (Ed. Cúpula): «Contar con una microbiota diversa y equilibrada es como avanzar por la vida con un escudo protector, con más probabilidades de gozar de una buena salud física y mental. Si, en cambio, se desequilibra, comienzan los problemas. Aunque la ciencia de la microbiota no ha hecho más que empezar, ya sabemos algunas cosas acerca de cómo cuidarla: el principal factor capaz de influir positivamente en ella y modularla es la alimentación, seguida del estilo de vida, como practicar deporte de forma regular, tener una buena higiene de sueño, atesorar relaciones sociales y evitar el estrés continuado».

Dentro del diagnostico de precisión que realizamos en Genesis a todos nuestros clientes, tenemos la posibilidad de realizar test que nos dan una valiosa información sobre el estado de nuestra microbiota, causante en muchos casos de desajustes como estreñimiento, diarrea, infecciones, debilidad del sistema inmune, hinchazón de abdomen crónico, gases o síntomas de alergia.

El obtener un correcto diagnóstico, nos permite personalizar la dieta y el tratamiento, ajustándolos para obtener los mejores resultados y una alta eficacia.

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